Mientras las campañas promocionan el Embalse de Alloz como un remanso de paz y naturaleza, la realidad en Lerate es muy distinta. Con apenas 25 habitantes, el pueblo soporta cada verano una presión turística desproporcionada que transforma por completo su vida cotidiana.

Un modelo desbordado
Lerate debe asumir una infraestructura pensada para miles de visitantes:
- Un camping junto al casco urbano con 1.400 plazas, que multiplica la población del pueblo de forma masiva.
- Un aparcamiento con 280 plazas para vehículos.
- Un casco urbano con calles estrechas y sin aceras, que no está preparado para tal volumen de tráfico y peatones.
La consecuencia es evidente: colapso, saturación y riesgos para la seguridad.
Impacto ambiental visible
La imagen promocional de aguas turquesas y naturaleza intacta no refleja lo que ocurre en temporada alta:
- Las aguas se vuelven turbias en cuanto se entra en ellas debido al fango del fondo.
- Las orillas aparecen enturbiadas.
- La fauna y la biodiversidad parecen replegarse ante el ruido y la presión humana.
La naturaleza no es un decorado inagotable.
Impacto en la vida cotidiana
El turismo masivo no solo afecta al entorno, sino también a quienes viven allí todo el año:
- Inseguridad vial: calles sin aceras y tráfico constante.
- Pérdida de tranquilidad: ruido, suciedad y sensación de invasión.
- Escasos beneficios locales: los ingresos fiscales no revierten proporcionalmente en el pueblo, mientras los vecinos asumen los impactos negativos.
Esto no es turismo sostenible
El modelo actual no genera empleo estable ni fija población. Lerate se convierte en un espacio de consumo temporal, no en un territorio vivo y cuidado.
Calificar este modelo como “verde” o “sostenible” es una narrativa institucional que no se corresponde con la experiencia diaria de sus habitantes.